domingo, 21 de junio de 2026 · Recursos · 1 Samuel 17:25-49
¿Qué hay de la hombría?
Nuestra cultura está muy confundida sobre lo que significa ser hombre. Algunos dicen que la masculinidad misma es el problema; otros dicen que significa dominio, agresión y poder. Predicando en el Día del Padre desde su despliegue militar en el Medio Oriente, el pastor James Drake nos lleva a una de las escenas más conocidas de la Biblia — David y Goliat, en 1 Samuel 17 — y nos muestra que en el valle hay tres hombres, pero solo uno entiende de verdad lo que es la hombría. Está Goliat: casi tres metros de altura, pura fuerza y orgullo, usando su poder para su propia gloria. Eso es la masculinidad tóxica — fuerza sin sometimiento, que siempre termina en destrucción. Está Saúl: el hombre más grande, más experimentado y con más responsabilidad de todo Israel, que oye al gigante y no hace absolutamente nada. Eso es la masculinidad pasiva — el temor al hombre en lugar del temor a Dios, y Drake sostiene que es la amenaza mayor y más ignorada hoy: hombres esperando que otro tome la iniciativa, que otro ore, que otro dé el paso. Y luego está David: ni tóxico ni pasivo, sino fuerte — valiente, humilde y totalmente dependiente de Dios. La idea central recorre todo el mensaje como un tambor: la masculinidad bíblica es fuerza entregada a Dios para Su gloria y el bien de los demás. Drake nos recuerda que David no se preparó en el valle, sino en el campo — fiel con leones y osos que nadie vio, mucho antes del gigante que nadie podía ignorar. Todos quieren la plataforma; nadie quiere el proceso. Pero aquí viene el giro: en realidad nosotros no somos David en esta historia. Somos Israel — con miedo, sin poder, incapaces de salvarnos — hasta que nuestro verdadero Campeón da el paso al frente. Jesús es el David mayor. David venció a un gigante; Jesús vence el pecado y la muerte, y comparte la victoria con Su pueblo. La esperanza del cristianismo no es que llegues a ser David; es que Jesús llegue a ser tu Salvador. Entonces, ¿qué hacemos? Corremos hacia nuestro gigante. La fe avanza; el miedo titubea. La mayoría de los gigantes no viven en valles — viven en nuestros hogares, nuestros matrimonios, nuestra crianza, nuestros hábitos, nuestros miedos y nuestras excusas. No hombres perfectos, sino hombres fieles, cuya fuerza está entregada a Dios.